
Rebecca necesitaría habitar siempre en una playa donde el sol nunca sea un intruso, una playa que escriba con las huellas la memoria de alguien que no quiere relojes que cautiven el tiempo ni agendas que corrompan la mirada. Se siente una isla a la deriva en busca de barcos donde naufragar.
¿Qué tiene de extraño que su película preferida sea «Apocalypse now»?
Fíjate bien: un ser que no las tiene todas consigo, se adentra en las tinieblas propias mientras sigue el rastro de aquello que más desea temer. Un corazón de latidos confusos viaja a través de la espesura que lo rodea y, por el camino, va encontrando respuestas allí donde los demás sólo aciertan a formular preguntas.
Rebecca comparte con el protagonista la fascinación por el silencio donde se refugian sus sentidos cuando la jornada se vuelve hostil. Ella no tiene un ventilador en el techo que agite sus aspas como un helicóptero atrapado en un cielo de cemento pero, a veces, su vista se desvía del ordenador y queda varada en un punto invisible donde las olas saben su nombre y la arena dibuja sus pasos con delicadeza y armonía. Y también, como ese capitán enloquecido que destruye pueblos y adora el olor a napalm, en ocasiones alberga tentaciones vikingas de arrasarlo todo, empezando por sus propias ataduras: arrancar de su vida las gentes tóxicas, suprimir los contactos dañinos, expulsar los inquilinos que la rutina te impone, quemar las construcciones humanas con materiales defectuosos que salen al paso un día sí y otro también.
Intenta comprender a todo el mundo, aunque el mundo se resista a comprenderla a ella.
Por eso sigue buscando, avanza por la jungla a la espera de encontrar las respuestas al final del camino. Tal vez no sean respuestas amistosas, pero son suyas, le pertenecen y quiere darles cobijo porque sólo así encontrará sentido a su naturaleza y podrá descifrar el mapa que conduce al tesoro de una vida desordenada y sin órdenes, organizada sin esquemas, libre como la lluvia que aún sueña con ser nube eternamente errante.
(Tino Pertierra * )
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