Eran las 7 de la tarde, llegó a casa agotado de trabajar, la semana había sido dura, reuniones que surgían debido a los conflictos que los recortes ocasionaban.
Lo primero que hizo fue abrir la nevera y comprobó que había suficientes alimentos para el fin de semana, entonces respiró y comenzó a quitarse la ropa. Se puso un pantalón de chándal y la camiseta de su equipo preferido, cogió esa copa de balón en la que saboreaba el vino y se sirvió de la botella abierta la noche anterior.
¡Qué bien me siento!, dijo.
Eran más o menos, las nueve de la noche, cuando calentó en el microondas unas sobras de comida, se sirvió otra copa de vino y encendió la televisión.
Cuando se despertó, eran las dos de la madrugada. Apagó la TV, las luces, y se fue a la cama con el libro que durante toda la semana había intentado leer, y no había podido avanzar en su lectura.
Así pasó la noche del viernes, el sábado fue muy similar, y se dijo ¡que vida más triste llevo!.
Pero llegó el domingo, y ese día era un día especial, el domingo precedía al lunes y el lunes era cuando sonaba el despertador para volver al trabajo...
(Se había dedicado tanto a dar todo a los demás, que se olvidó de sí mismo y ahora...
ahora se sentía tan solo... que oír el despertador para ir a trabajar, le llenaba la vida)
